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Así nació la Feria

En 1954, año clave en mi vida, asistí a la feria de abril de Sevilla, la majestuosa oportunidad que, como pregonaba constantemente Roberto Cardona Arias, mi compañero de viaje, nadie que se precie de ser caballero, español y católico desperdiciar.

El viaje, en realidad un hermoso recorrido colmado de inmensas satisfacciones estéticas, lo hicimos en una “línea aérea” que tenia, en ese entonces, un itinerario asaz extravagante.

Bogotá-Curazao-Paramaribo-Casablanca-Lisboa, es decir, una inaudita congestión de paisajes y de idiomas.

En Almada, frente a la capital portuguesa, con su augusta ría del tajo, que se abre como una perpleja flor de insondables sorpresas, tomamos el tren que nos llevo por todo el territorio Lusitano, atravesando las provincias y aldeas de los pasajeros y ensueños de la desdichada Inés de Castro, hasta Castro Marín, donde pasamos a Guadiana para tocar tierra española en  Villa de Ayamonte.

De allí se nos abrió ya sin interrupción, la dorada ruta de Sevilla, donde otea, custodiada por un arcángel insomne, la divina Giralda.

Ayamonte…Lepe…Cortaza…Gibraleon…Huelva…San Juan del Puerto…Niebla…Villarasa…La Palma…San Lucar de Mayor, hasta llegar, por fin y a la cumbre, a Castilleja de la Cuesta desde donde se divisa, como una modulación del canto llano, la excitable vega del Guadalquivir, uno de los paisajes mas impresionantes del mundo, “un sitio estético” recortado, en arduo trabajo vegetal, por naranjos, aceitunos y al fondo el milagro de la catedral Mozárabe, casi abrazada, con devoción y afecto, por el callado Guadalquivir.

Es ahí, donde, como dice Eduardo Caballero Calderón “no tuve la impresión de llegar, si no de volver”.

Una gloriosa tarde sevillana, paseando por el Real de la Feria, donde se nos llenaban los ojos y los oídos con el sensitivo acento de las castañuelas, de los colores, de los faroles vertiginosos, de las frívolas panderetas, y cuando mi amigo Roberto, un andaluz de toda la coleta recitaba para dar fe de su estirpe: “Dicen que soy andaluz …” le interrumpí, presa de una súbita idea esclarecedora: “Roberto, voy hacer una feria de Manizales, a imagen y semejanza de la de Sevilla; voy a trasplantar de nuevo, a América, al corazón de Colombia, el viejo roble hispánico”. Mi jovial compañero me miro asombrado pues no alcanzaba a colegir si mi impromptu era producto de los exquisitos caldos escanciados en nuestro peregrinar por tacas y casetas, o si mi febril imaginación tropical se había embriagado, necesariamente, con el contagioso “embrujo de Sevilla”. ¿Recuerdas, le agregue, antes de que saliera de su asombro, aquel cuarteto de Pemán?

En la senda del vivir lo que importa es caminar que, en la vida, es anhelar mas bello que conseguir. ¿No es, acaso, el pensamiento constante en el andar hispánico? Pues sigamos adelante que el que no sueña no crea nada hermoso.

 Volvimos a la realidad, a una realidad que se nos hacia factible y desde ese mismo momento iniciamos los pertinentes contactos con las personas con las cuales podíamos poner en marcha la repentina y maravillosa idea. Con José María Torell y Ángel Peralta en Córdoba y Sevilla y posteriormente Roberto firmo con ellos, los respectivos contratos aprovechando la gran ocasión de la feria del Señor de los Milagros en Lima. Y si fuera poco, al presenciar las ferias de Jerez de La Frontera y de Córdoba nuestro propósito de trasplantar las alegrías feriales a Manizales, se volvió mas decidido, persistente e irrevocable.

Regresamos a Manizales con una felicidad desbordante y satisfechos por traer en las alforjas la gran empresa de la Feria. Por fortuna topamos en la ciudad con hombres que impresionados con la iniciativa y comprendiendo su viabilidad, le pusieron el fervor de su entusiasmo e inteligencia y aquello que llego a la Colina Iluminada como débil candela, se convirtió en solo días en impetuosa hoguera.

A Mario Vélez Escobar, en ese entonces Alcalde de Manizales, dirigente cívico de primer orden, siempre en la vanguardia de las grandes realizaciones culturales y sociales, avizor entusiasta, desinteresado y decidido, le entregamos la idea y desde el primer momento se apechò de ella, con devoción y ternura.

Y merced a ese fulgurante civismo, a esa esperanzada constancia, la Feria de Manizales fue lo que es. Un espectáculo de prosapia hispánica, afincado a nuestro solar, pero conservando incólume su fisonomía inicial… y el resto lo sabe toda Colombia: Fue la bella y soñada realidad perseguida.

 

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